Hoy en día existen múltiples mecanismos e instituciones que invierten en empresas emergentes y negocios digitales que prometen enormes retornos a sus inversiones pero que llevan aparejadas niveles elevados de riesgo, de hecho, se considera como un éxito acertar en una de cada veinte inversiones. La búsqueda de esos unicornios y santos griales mueven una parte significativa del apetito inversor y de riesgo.
También vemos como los precios del mercado inmobiliario suben y suben haciendo que la inversión en este tipo de activos ofrezca cada vez menos retorno al inversor, sin embargo, el dinero continua afluyendo al mercado por que se consideran inversiones de bajo riesgos y la tan consabida seguridad del ladrillo.
Pero el dinero y la inversión siguen sin fijarse en la pequeña empresa familiar. ¿por qué iba a hacerlo? son empresas demasiado estables, demasiado tradicionales, poco profesionalizadas en muchos casos y de pequeño tamaño. Parece como si operaran al margen de la economía y no les aplicasen los mismos criterios de inversión que al resto, y sin embargo, representan casi el 99% del tejido empresarial español.
Imaginemos una de estas pequeñas empresas cuyo propietario ha pasado de los sesenta…
- La cifra de negocios de los últimos años suele ser muy estable o con índices de crecimiento muy pequeños, pero será porque el empresario está satisfecho con sus niveles de ingresos y busca tranquilidad.
- Sus niveles de deuda son ínfimos y en descenso continuado. Será quizás porque el empresario siente la necesidad y busca la seguridad de poder «cerrar» en cualquier momento sin responsabilidad.
- Las nuevas inversiones productivas en el negocio son cada vez menores y el activo no corriente tiende a estar infravalorado contablemente.
- Muchas de ellas muestran curvas de adopción tecnológica bajas, ya que la transformación digital también representa una inversión a medio plazo.
- El EBITDA se mantiene estable durante los últimos años cerca del 8% sobre la cifra de ventas, lejos de los criterios de inversión profesionales.
¡Ahí puede estar la oportunidad!
Una empresa familiar con clientes estables y una actividad rentable puede tener margen para crecer si incorpora una gestión profesionalizada, renueva sus activos productivos y acomete una transformación digital adaptada a su negocio. Esas mejoras requieren inversión y tiempo, pero pueden aumentar tanto las ventas como la rentabilidad.
Imaginemos un caso ilustrativo. Una empresa factura 3 millones de euros y obtiene un EBITDA de 240.000 euros, equivalente al 8 % de sus ventas. Supongamos que se adquiere por 960.000 euros —cuatro veces su EBITDA— y que el vendedor acepta financiar la mitad del precio mediante un vendor credit. El comprador aportaría inicialmente 480.000 euros de capital y asumiría una deuda de 480.000 euros con el vendedor.
Durante los años siguientes, un equipo profesional impulsa la actividad comercial, mejora el control de gestión, invierte en capacidad productiva y digitaliza procesos. Si las ventas aumentasen un 50%, hasta 4,5 millones de euros, y el margen EBITDA alcanzase el 12%, el EBITDA subiría a 540.000 euros. En este supuesto, sería 2,25 veces el inicial.
Si al venderla se mantuviese el mismo múltiplo de cuatro veces EBITDA, el valor de la empresa sería de 2,16 millones de euros. Suponiendo que los 480.000 euros del vendor credit siguieran pendientes y se pagaran en ese momento, quedarían 1,68 millones para el comprador: 3,5 veces los 480.000 euros que aportó inicialmente. Es un cálculo ilustrativo antes de intereses, impuestos, costes de transacción y nuevas aportaciones de capital; cualquiera de esas partidas cambiaría el retorno efectivo.
La oportunidad, por tanto, no depende solo de comprar una empresa a un precio atractivo. Depende de ejecutar bien el relevo, profesionalizar su gestión y transformar el negocio sin perder aquello que ya funciona. También exige negociar una financiación sostenible y valorar los riesgos de cada caso antes de invertir.